-Papá. Dijo la hija de Dora.
Y esa palabra desató un desconcierto generalizado. Los curiosos comenzaron a gritar y a correr hacia sus casas. Un agente que estaba a unos metros del muerto se acercó frente a él, con intenciones de ayudarlo, si es que eso era posible. Solo alcanzó a dar un par de pasos cuando el que se puso difunto le saltó literalmente y le dio un mordiscón en el cuello. El ruido de la carne partiéndose bajo la presión de los dientes fue tan espantoso como los chorros de sangre que saltaron de las venas rotas.
Ajeno al caos que se producía a su alrededor, el cuerpo del que había muerto y ahora revivido continuaba comiendo del cuello del policía que, ya en el suelo, no se movía ni gritaba. Otro oficial, joven, sacó su 9 milímetros apuntó a la espalda del difunto y disparó. Una vez.
La espalda del esposo de Dora estalló en pedazos y cayó sobre el cuerpo del policía tirado a su lado.
Morán no había salido corriendo. Observó todo desde el zaguán de su edificio, absorto, sumido en el más absoluto silencio. A su lado había una mujer que él ya había visto antes. Era una vecina de algún departamento de la mazana. Recordaba haberla visto tomando sol en el Parque Central. Desconocía su nombre..
Asomados, Morán y la vecina, pudieron percibir como el esposo de Dora recobraba sus movimientos e intentaba levantarse.
“¿Qué hacer?” pensó Morán. Se debatía entre la curiosidad, el miedo y esa fuerza interna que lo llamaba a ser protagonista, como en tantas otras veces. Desde su posición vio como otro disparo reventaba la cabeza del muerto vivo.
Morán se separó un metro de la pared giró rápidamente sobre su posición y salió corriendo hacia la esquina más alejada. Se detuvo antes de pegar la vuelta por la ochava. Vio pasar a la vecina corriendo a su lado y más allá alcanzó a distinguir como tres policías recogían rápidamente los dos cuerpos, los lanzaban dentro del camión del servicio de la morgue judicial, se subían a la cabina del camión y se alejaban a toda velocidad. Le pareció escuchar que los sonidos de sirenas se multiplicaban por las calles del barrio.
A mitad de cuadra, acurrucados junto a un árbol, habían quedado, solos y llorando, los hijos de Dora. El niño abrazaba a su hermana menor. Ambos miraban, estáticos, el enorme charco de sangre en la vereda.