Temesvar miró en dirección del ruido pero después se desinteresó del asunto. Se puso de pie de un salto y volvió a su edificio. Desde donde antes llegaba el ruido de la sirena ahora se oían gritos de mujer, pidiendo por favor por sus hijos. Que una mujer gritara ayuda y que estuviera en el lugar la policía no podía ser buen signo, de modo que Temesvar volvió sobre sus pasos, cruzó corriendo el parque interior y entró unos metros en el pasillo del edificio vecino. A través de los vidrios de una exótica puerta de hierro cerrada con llave vio lo que pasaba en la vereda, pese a que estaba lejos. Se llevaban detenida a Dora, era ella la que gritaba y pedía por sus hijos.
¿Qué pasa acá?, pensó Temesvar
Conocía a Dora, había intentado enseñarle meditación zen y ella no lo hacía tan mal. Pero luego, como la mayoría, había abandonado la clase, absorbida por su rutina.
¡Un muerto! -Temesvar lo dijo en voz alta. Los policías llevaban en una bolsa para cadáveres al alguien que sin duda, en vida, habría sido un tipo grande. Temesvar dedujo fácilmente que el muerto era el marido de Dora ¿Había asesinado esta mujer a su esposo? Dejó de espiar, llegó a la calle a través de la puerta de su propio edificio y caminó hasta el lugar donde estaba ocurriendo todo.
Una pequeña multitud rodeaba la escena, un policía tomaba notas, otro custodiaba a Dora, otro a los chicos. Estaban por guardar el cuerpo de la víctima en una camioneta cuando un sonido dejó a todos en silencio.
Una tos.
Después, desde dentro de la bolsa con el cadáver, se oyó una tos. Los curiosos gritaron y los que trasladaban el cuerpo lo dejaron caer. El cierre de la bolsa se abrió desde dentro y el muerto asomó lo que quedaba de su cabeza, negra de sangre seca, sin dejar de toser.