DOS

Milo Temesvar estaba sentado en el césped de parque interior de la manzana, respirando imperceptiblemente, con los ojos entrecerrados pero viendo cada detalle del paisaje que tenía enfrente. Llevaba meditando desde poco antes del amanecer y ya estaba por terminar su meditación de esa mañana cuando oyó la sirena de la policía detenerse, al otro lado del edificio de enfrente que daba al parque.

Temesvar miró en dirección del ruido pero después se desinteresó del asunto. Se puso de pie de un salto y volvió a su edificio. Desde donde antes llegaba el ruido de la sirena ahora se oían gritos de mujer, pidiendo por favor por sus hijos. Que una mujer gritara ayuda y que estuviera en el lugar la policía no podía ser buen signo, de modo que Temesvar volvió sobre sus pasos, cruzó corriendo el parque interior y entró unos metros en el pasillo del edificio vecino. A través de los vidrios de una exótica puerta de hierro cerrada con llave vio lo que pasaba en la vereda, pese a que estaba lejos. Se llevaban detenida a Dora, era ella la que gritaba y pedía por sus hijos.

¿Qué pasa acá?, pensó Temesvar

Conocía a Dora, había intentado enseñarle meditación zen y ella no lo hacía tan mal. Pero luego, como la mayoría, había abandonado la clase, absorbida por su rutina.

¡Un muerto! -Temesvar lo dijo en voz alta. Los policías llevaban en una bolsa para cadáveres al alguien que sin duda, en vida, habría sido un tipo grande. Temesvar dedujo fácilmente que el muerto era el marido de Dora ¿Había asesinado esta mujer a su esposo? Dejó de espiar, llegó a la calle a través de la puerta de su propio edificio y caminó hasta el lugar donde estaba ocurriendo todo.

Una pequeña multitud rodeaba la escena, un policía tomaba notas, otro custodiaba a Dora, otro a los chicos. Estaban por guardar el cuerpo de la víctima en una camioneta cuando un sonido dejó a todos en silencio.

Una tos.

Después, desde dentro de la bolsa con el cadáver, se oyó una tos. Los curiosos gritaron y los que trasladaban el cuerpo lo dejaron caer. El cierre de la bolsa se abrió desde dentro y el muerto asomó lo que quedaba de su cabeza, negra de sangre seca, sin dejar de toser.

UNO

Después de aquella noche, Morán vivió en un mundo habitado casi exclusivamente por difuntos. 

Cuando los gritos lo despertaron todavía ignoraba que la mayoría de los humanos habían cambiado de estado, según la expresión vulgar.

Su departamento estaba desordenado, aquí y allá había cajas, varios abrigos de invierno, y hasta algunos libros impresos. Estiró su mano para alcanzar su ebook reader. Tenía gestos para con sus nuevos juguetes electrónicos, un fetichismo vital, inmarcesible. Lo último del día y lo primero del siguiente era el contacto con sus artefactos preferidos. En la pantalla de tinta digital reconoció el párrafo de "Anatomía Humana”, el clásico de Carlos Chernov que había empezado la noche anterior. Hoy lo termino, se dijo.

Volvió a escuchar gritos idénticos a los que lo habían despertado: llegaban del departamento del lado, lo que significaba que algo malo estaba pasando allí. Morán se arrancó de la somnolencia con gran esfuerzo, se vistió enseguida y salió al pasillo.

Caminó iluminado por la luz de la mañana hasta el departamento C. Como la puerta estaba abierta, se asomó. Dora, su vecina durante más de una década, abrazaba a sus dos hijos, parada en el brusco charco de sangre que se alimentaba del cráneo destrozado del marido de Dora. Morán retrocedió y preguntó qué había pasado.

-A las tres de la mañana empezó a toser mucho y cuando amanecía se puso difunto. Tuve que matarlo o él nos mataba a nosotros- respondió ella abrazando más fuerte a sus hijos-. Por favor. Ayudame con este desastre.

-¿Cómo que se puso difunto?