CUATRO

Nunca supo Morán qué fue lo que le hizo escapar de la escena. Se lo preguntaría muchas veces en los días que siguieron. Él se consideraba un hombre solidario. Sin embargo no se acercó a los niños como lo hicieron algunos vecinos.
Corrió rápidamente a su departamento. No espero el ascensor. Subió corriendo las escaleras hasta el cuarto piso donde él vivía. Entró a su comedor. Puso traba en la puerta. Prendió la TV y marcó el 3 en el control remoto. La placa del canal de noticias anunciaba lo que más temía: se repetían en varios lados situaciones como las que habían vivido en su edificio. Se anunciaba que en breve, un alto funcionario, daría explicaciones. Mientras se mostraban imágenes confusas: incendios, tiroteos, ambulancias entrando y saliendo de los hospitales.
¿Cuánto hacía que esto había comenzado? Hacía solo un par de horas desde que se levantó y la situación parecía caótica.
No perdió tiempo. Acostumbrado a vivir en un país inestable no le fue difícil darse cuenta de que lo primero que tenía que hacer era confirmar que contaba con víveres suficientes para unos días sin salir de compras. Comprobó que la comida era suficiente para una semana por lo menos.
No era la primera que se preparaba para días difíciles. Sobre todos desde la situación política se había tensado tanto en todo el planeta. Recordó el revólver que tenía guardado. Fue a verlo. Estaba allí. En el cajón del ropero. Allí lo dejó. No pensaba llevarlo encima hasta ver como estaban las cosas. No era cuestión de exagerar.
Fue directo a prender su computadora. Era importante meterse en las redes sociales y ver que se decía. Mientras la PC arrancaba ojeó la TV. Un reportero informaba desde la cárcel de Devoto. Relataba algo que no se alcanzaba a entender pero las imágenes eran tan claras como impactantes. Del portón principal de la cárcel salían montones de hombres. Algunos corría a los empujones y otros, encorvados y con sus piernas retorcidas avanzaban lentamente, como persiguiendo a los otros.
Morán reconoció, en los gestos de estos hombres lentos, marcas que había visto unos instantes antes en el esposo de Dora.
Inmediatamente se acercó a la ventana que apuntaba al Este de la ciudad. Desde allí pudo ver cinco enormes columnas de humo hacia el sur. Un par de helicópteros sobrevolaban unos edificios que se encontraban a unas pocas cuadras. Un camión de bomberos cruzó por la esquina, a toda velocidad, escoltado por cinco patrulleros. Varios autos, cargados hasta el techo, pasaron bajo la ventana. Luego percibió que algo de calma llegaba desde el exterior. Salvo el humo nada la llamaba la atención ahora. Tuvo una sensación calmante. Esa que llega cuando un analgésico comienza a hacer efecto y el dolor cede…. Cerró las cortinas
Apagó la TV y se dedicó a leer sus redes.
Tan absorto estuvo las siguientes horas leyendo como narraban situaciones similares usuarios de distintos lugares del mundo que no percibió que estaba rodeado de un profundo silencio.
Si ver por la ventana que las cosas se calmaban le generó tranquilidad, lo que leyó en la red le causó en profunda preocupación.
Morán era un hombre inteligente. Un autodidacta. Un joven inquieto. No iba a permanecer sin intervenir. Sea lo que fuese que sucedía. Decidió entonces salir. Se reprochó, en cierta manera, esta quietud de las últimas horas.
Se levantó. Prendió la luz de la habitación. Fue a la cocina y de la heladera sacó un pedazo de milanesa fría que comió como desesperado. Se puso un abrigo y salió al pasillo que comunicaba con otros departamentos. La puerta del departamento de Dora continuaba abierta. Se sintió mareado, confuso.
Cayó en la cuenta de que no había tomado contacto con sus amigos y familiares para saber cómo se encontraban. Volvió al departamento en búsqueda de su teléfono móvil. No tenía señal. Igualmente lo guardó en su bolsillo.
Encaró escaleras abajo. Seguramente el Negro Héctor, encargado del edificio, tendría noticias o alguna idea de qué hacer. Morán admiraba el sentido práctico de la vida de aquel hombre.
Llegó al hall de entrada y tocó el timbre del departamento del encargado. Nadia respondió. Le llamó la atención la cantidad de luz que llegaba desde el jardín del fondo. Se dirigió hacia allí.

TRES

La siguiente reacción de los policías que trasladaban la bolsa negra, y que la habían dejado caer sobre la vereda, fue retroceder. La bolsa siguió abriéndose y con una torpe dificultad el cuerpo del difunto esposo de Dora salió y se puso de pie. Fue un momento de pausa, nadie parecía reaccionar. La inverosimilitud de lo que estaba ocurriendo dejó paralizado a policías y vecinos.
-Papá. Dijo la hija de Dora.
Y esa palabra desató un desconcierto generalizado. Los curiosos comenzaron a gritar y a correr hacia sus casas. Un agente que estaba a unos metros del muerto se acercó frente a él, con intenciones de ayudarlo, si es que eso era posible. Solo alcanzó a dar un par de pasos cuando el que se puso difunto le saltó literalmente y le dio un mordiscón en el cuello. El ruido de la carne partiéndose bajo la presión de los dientes fue tan espantoso como los chorros de sangre que saltaron de las venas rotas. 
Ajeno al caos que se producía a su alrededor, el cuerpo del que había muerto y ahora revivido continuaba comiendo del cuello del policía que, ya en el suelo, no se movía ni gritaba. Otro oficial, joven, sacó su 9 milímetros apuntó a la espalda del difunto y disparó. Una vez. 
La espalda del esposo de Dora estalló en pedazos y cayó sobre el cuerpo del policía tirado a su lado.
Morán no había salido corriendo. Observó todo desde el zaguán de su edificio, absorto, sumido en el más absoluto silencio. A su lado había una mujer que él ya había visto antes. Era una vecina de algún departamento de la mazana. Recordaba haberla visto tomando sol en el Parque Central. Desconocía su nombre.. 
Asomados, Morán y la vecina, pudieron percibir como el esposo de Dora recobraba sus movimientos e intentaba levantarse.
“¿Qué hacer?” pensó Morán. Se debatía entre la curiosidad, el miedo y esa fuerza interna que lo llamaba a ser protagonista, como en tantas otras veces. Desde su posición vio como otro disparo reventaba la cabeza del muerto vivo.
Morán se separó un metro de la pared giró rápidamente sobre su posición y salió corriendo hacia la esquina más alejada. Se detuvo antes de pegar la vuelta por la ochava. Vio pasar a la vecina corriendo a su lado y más allá alcanzó a distinguir como tres policías recogían rápidamente los dos cuerpos, los lanzaban dentro del camión del servicio de la morgue judicial, se subían a la cabina del camión y se alejaban a toda velocidad. Le pareció escuchar que los sonidos de sirenas se multiplicaban por las calles del barrio.
A mitad de cuadra, acurrucados junto a un árbol, habían quedado, solos y llorando, los hijos de Dora. El niño abrazaba a su hermana menor. Ambos miraban, estáticos, el enorme charco de sangre en la vereda.

DOS

Milo Temesvar estaba sentado en el césped de parque interior de la manzana, respirando imperceptiblemente, con los ojos entrecerrados pero viendo cada detalle del paisaje que tenía enfrente. Llevaba meditando desde poco antes del amanecer y ya estaba por terminar su meditación de esa mañana cuando oyó la sirena de la policía detenerse, al otro lado del edificio de enfrente que daba al parque.

Temesvar miró en dirección del ruido pero después se desinteresó del asunto. Se puso de pie de un salto y volvió a su edificio. Desde donde antes llegaba el ruido de la sirena ahora se oían gritos de mujer, pidiendo por favor por sus hijos. Que una mujer gritara ayuda y que estuviera en el lugar la policía no podía ser buen signo, de modo que Temesvar volvió sobre sus pasos, cruzó corriendo el parque interior y entró unos metros en el pasillo del edificio vecino. A través de los vidrios de una exótica puerta de hierro cerrada con llave vio lo que pasaba en la vereda, pese a que estaba lejos. Se llevaban detenida a Dora, era ella la que gritaba y pedía por sus hijos.

¿Qué pasa acá?, pensó Temesvar

Conocía a Dora, había intentado enseñarle meditación zen y ella no lo hacía tan mal. Pero luego, como la mayoría, había abandonado la clase, absorbida por su rutina.

¡Un muerto! -Temesvar lo dijo en voz alta. Los policías llevaban en una bolsa para cadáveres al alguien que sin duda, en vida, habría sido un tipo grande. Temesvar dedujo fácilmente que el muerto era el marido de Dora ¿Había asesinado esta mujer a su esposo? Dejó de espiar, llegó a la calle a través de la puerta de su propio edificio y caminó hasta el lugar donde estaba ocurriendo todo.

Una pequeña multitud rodeaba la escena, un policía tomaba notas, otro custodiaba a Dora, otro a los chicos. Estaban por guardar el cuerpo de la víctima en una camioneta cuando un sonido dejó a todos en silencio.

Una tos.

Después, desde dentro de la bolsa con el cadáver, se oyó una tos. Los curiosos gritaron y los que trasladaban el cuerpo lo dejaron caer. El cierre de la bolsa se abrió desde dentro y el muerto asomó lo que quedaba de su cabeza, negra de sangre seca, sin dejar de toser.

UNO

Después de aquella noche, Morán vivió en un mundo habitado casi exclusivamente por difuntos. 

Cuando los gritos lo despertaron todavía ignoraba que la mayoría de los humanos habían cambiado de estado, según la expresión vulgar.

Su departamento estaba desordenado, aquí y allá había cajas, varios abrigos de invierno, y hasta algunos libros impresos. Estiró su mano para alcanzar su ebook reader. Tenía gestos para con sus nuevos juguetes electrónicos, un fetichismo vital, inmarcesible. Lo último del día y lo primero del siguiente era el contacto con sus artefactos preferidos. En la pantalla de tinta digital reconoció el párrafo de "Anatomía Humana”, el clásico de Carlos Chernov que había empezado la noche anterior. Hoy lo termino, se dijo.

Volvió a escuchar gritos idénticos a los que lo habían despertado: llegaban del departamento del lado, lo que significaba que algo malo estaba pasando allí. Morán se arrancó de la somnolencia con gran esfuerzo, se vistió enseguida y salió al pasillo.

Caminó iluminado por la luz de la mañana hasta el departamento C. Como la puerta estaba abierta, se asomó. Dora, su vecina durante más de una década, abrazaba a sus dos hijos, parada en el brusco charco de sangre que se alimentaba del cráneo destrozado del marido de Dora. Morán retrocedió y preguntó qué había pasado.

-A las tres de la mañana empezó a toser mucho y cuando amanecía se puso difunto. Tuve que matarlo o él nos mataba a nosotros- respondió ella abrazando más fuerte a sus hijos-. Por favor. Ayudame con este desastre.

-¿Cómo que se puso difunto?